Cuando en 2009 Hansjörg Wyss, multimillonario suizo, decidió destinar parte de su cuantiosa fortuna -que la revista Forbes estima en más de seis mil millones de dólares- a la investigación celular en la universidad de Harvard, lo hizo fijando dos condiciones ineludibles: la primera que el director del laboratorio que estaba dispuesto a financiar tendría asumir riesgos con su dinero, y la segunda que ese hombre debía ser Donald Ingber. Lo de arriesgar no era era nuevo para el científico, uno de los más destacados de su generación y acostumbrado a aventurarse en territorios poco explorados, como el estudio de los citoesqueletos (las moléculas de proteínas que dan forma a las células). Los 125 millones de dólares que Wyss puso a su disposición (la donación más alta que ha recibido Harvard en toda su historia) le hacen sentirse a veces, según reconoce el propio Ingber, como “si fuera Santa Claus”. Pero el bioingeniero no ha desaprovechado el dinero en fiestas navideñas, sino que ha iniciado una vía de investigación que promete revolucionar las posibilidades de la medicina y la forma en que curaremos en un futuro el cáncer o las enfermedades cardiovasculares, dos de las mayores causas de mortandad en el mundo desarrollado. Organs-on-Chips son pequeños dispositivos que emulan el metabolismo de las células humanas. Ingber explica su descubrimiento con palabras sencillas: “es básicamente una ventana por la que podemos ver el trabajo que hacen las células en los órganos, pero en un dispositivo de cristal transparente, de forma que es posible observarlo a través de un microscopio y saber qué está sucediendo en tiempo real”. Organs-on-Chips permitirá en breve estudiar la reacción del organismo cuando es atacado por bacterias e infecciones, reducir costes y acelerar la producción de medicinas y, no menos importante, eliminar la experimentación con animales y seres humanos. Más que una “ventana” en nuestro organismo, Ingber ha abierto una ventana por la que asomarse al futuro.