Todos sufrimos un amigo (virtual) de esos que comparten su vida en las redes sociales. Conocemos sus rutinas de ejercicio, las delicias gastronómicas que degustan, las ciudades que visitan, las cucamonas que les dedican sus hijos, incluso la cara que tienen al despertar antes del primer café. Los hay chistosos, imitadores de Paulo Coelho, analistas políticos y sosias de Ferrán Adriá. Observamos todo con una mezcla de pudor y curiosidad malsana. Imaginamos conocer cómo es su vida a través de lo que nos muestran. Que es (aparentemente) mucho. O tal vez nada. Son los signos de unos tiempos híperconectados y exhibicionistas, en los que cualquiera puede abrir una ventana en su casa e invitar al mundo entero para que se asome. Pero hay quien lleva esa conectividad mucho más lejos. Tanto como para saber que ayer, 14 de agosto, Chris Dancy estaba en Huston después de una semana movidita que comenzó en Franklin y en la que también pernoctó en Charlottesville y Nashville. El martes durmió siete horas y el miércoles comió comida mexicana. Pasó 26 horas y media frente al ordenador, aunque la mitad del tiempo no lo hizo trabajando, y anduvo casi 66.000 pasos. Todos estos datos son públicos y pueden consultarse en su página web. Y a Dancy no parece importarle que cualquiera sepa qué está haciendo en cada momento de su vida: “la privacidad es una mera construcción social. Es ilusorio pensar que tienes control sobre tu vida. Para mí, destruir mi privacidad ha sido la cosa más importante que he construido”.